Capitulo final
Planes y decisiones.
9
Planes y decisiones.
No estaba segura, ¡qué va!
Seguía al pie de la letra, incluso casi a ciegas y sin fuerzas, las instrucciones de Yuri para montar todo aquel andamiaje de locura. Mientras ignoraba los débiles lamentos de su cordura sobre que se encaminaba a un suicidio seguro.
Lo primero que hizo Elena fue subir hasta el mirador del faro y conectar el casco de Ibarra a la antena principal. Milagrosamente, la pieza estaba casi intacta.
Su superior siempre se aseguró de tener los mejores equipos y este aún respondía a sus protocolos de autenticación. Su acceso estaba desbloqueado.
Vaya suerte.
Lo siguiente fue Palmiche. Tuvo que utilizar un soplete para extraer el pequeño disco de memoria insertado en su muerto cerebro orgánico. Pero el pequeño dispositivo seguía funcional, según su intermitente luz piloto verde.
Más suerte.
¿Justo ahora? ¿tras toda una vida sufriendo y…?
Por un momento a Elena le volvió la rabia, pero enseguida la sustituyó el agotamiento.
—Nunca tuviste muchas opciones ¿verdad? Obedecer o morir. Y ya.
Tardó casi toda la noche en insertar en el circuito el disco de Palmiche, con una copia del Machete Mambí dentro. Yuri había logrado trasmitírselo, con mucho trabajo, por culpa de la escasa cobertura digital.
Ya casi amanecía cuando consiguió redirigir a su invento toda la energía residual de las baterías de los paneles solares.
Fue sólo poco antes de la madrugada del segundo día de frenético trabajo que Elena terminó con todos los preparativos. Después se recostó en la dura superficie del cuarto de cristal, para quedarse dormida al instante, de puro agotamiento… pero sonriendo satisfecha, abrazada a su viejo fusil de riel.
Porque, si todo salía bien ¡y tenía que salir! ¡se lo merecían, Yuri, ella y el resto de los cubanos! Muy pronto iban a matar aquella monstruosidad.
Lástima que no existiera forma de enviárselas a aquellos gordos demagogos, hinchados de la carne del pueblo y que se creían intocables en su lejana jaula de oro en el espacio…
Ahora sólo quedaba esperar por el Manchón.
Y estaba segura de que el monstruo no iba a faltar a su cita. Ni a decepcionarla.
En efecto, al atardecer del día siguiente, el mar frente al faro pareció hervir. Luego, una masa brillante y colosal se alzó, como una isla de carne y apéndices de metal incrustados. Basura, animales marinos y personas fusionadas, en una única e inextricable mole.
El aire se saturó con los hedores del óxido y la carne podrida.
El Leviatán cyborg había llegado.
Elena se mantuvo en el mirador, atenta a la conducta del Manchón. Sólo reaccionó al escuchar un estremecedor zumbido, que le pareció un largo grito colectivo.
La comitiva de los nanoinfectados, que minutos antes había aparecido, como todos los días, comenzó a rodear la estatua del líder supremo y arañar la puerta del faro, entre alaridos. Igual que siempre…
Hasta que, de súbito, se detuvieron en seco. En silencio.
Sus cuerpos destrozados se sacudieron varias veces, como si un imán poderosísimo tirase de sus tendones y músculos.
Luego, uno a uno, al son de gritos de “¡Libertad!” y “¡Patria y Nano!”, giraron hacia el mar… y se lanzaron al agua.
El resto de los nanoinfectados convulsionaron en agonía, arrodillándose en tropel ante la estatua del Comandante Eterno y su fiel engendro mutante. Algunos abrazaron las piernas de bronce y las patas de piedra; otros, entre violentos temblores, alzaron sus oxidados machetes, inútiles contra el leviatán de carne y metal que seguía acercándose.
—¡Patria o muerte! ¡Comandante en Jefe, ordene! —gritaron todos, como un desgarrado coro zombi.
La estatua se mantuvo como siempre, erguida e imperturbable… hasta el final.
Cuando el Manchón extendió uno de sus tentáculos más gruesos hacia el grupo escultórico de hombre y bestia.
Y, arrastrando un bosque de brazos y cuchilla… los alcanzó.
Al segundo siguiente, las miles de bocas del monstruo ya envolvían po igual a la estatua y a sus últimos y fanáticos seguidores.
La silueta del gran líder se fundió al instante como si en vez de bronce, fuese de mantequilla y el metal licuado se unió al resto de la masa del leviatán.
Elena no pudo evitar soltar una carcajada rota.
—Al fin los callaron, cabrones.
Al rato, otra nutrida oleada de nanoinfectados salió huyendo de la ciudad maldita. Treparon al semiderruido muro del malecón y se arrojaron desde allí, desesperados, hacia los arrecifes y el océano detrás.
Muchos nadaron, entre las grises olas. El resto caminó por el fondo, hasta alcanzar su objetivo.
Cuando llegaron al Manchón… todos aquellos cuerpos convulsionaron y se retorcieron en espasmos sincronizados. Los gritos de los que estaban aún sobre la superficie marcaron un crescendo desgarrador, cuando las venas bajo sus pieles brillaron con un fulgor verdoso… y la carne empezó a disolverse.
El Manchón siguió hinchándose, con cada cuerpo asimilado, como una llaga viviente. En su superficie, rostros deformes emergían y se hundían, intervalos irregulares. Y dedos monstruosos afloraban y se desintegraban, igual de caóticamente, mientras buscaban algo a lo que aferrarse.
Elena se estremeció, testigo involuntaria de aquel horripilante espectáculo desde el mirador de su faro. Tuvo que esforzarse mucho para reaccionar, halar la palanca adecuada… y encender la gran linterna de la torre.
El casco de Ibarra comenzó a vibrar y el potente rayo de luz a iluminar cuando Elena bajó los peldaños todo lo rápidamente que fue capaz.
Las añejas prótesis de sus piernas fallaron varias veces, durante el largo descenso. Pero siempre logró clavar los dedos en la pared, sin importar que le sangraran.
Así, aunque a duras penas, pudo evitar una caída fatal, y llegar al nivel del suelo.
Le sorprendió encontrar la puerta abierta… y abandonada. Agarró una mochila que había dejado preparada días antes y, a pesar del dolor y los calambres, a pura voluntad arrastró sus piernas hasta la entrada.
Al salir, sus reflejos la hicieron lanzarse al suelo, justo cuando uno de los enormes tentáculos se precipitaba, como serpiente furiosa, en busca de la alta estructura cilíndrica.
Sin mirar atrás, a pesar del dolor del impacto y las piedras que arañaban su cuerpo, se arrastró hasta que le alcanzaron las fuerzas. Luego, con un gemido de dolor, se volteó bocarriba, para no perderse el gran momento.
La descomunal masa del Manchón estaba a punto de cubrir toda la torre del faro, como el puño de un titán que aferrase el mango de una espada.
Y Elena comenzó a escuchar miles de voces, fundidas todas en un inconcebible coro de gritos y estática pura.
—¡Mamá! —gritó una, infantil y clara como un cuchillo en su cerebro.
La teniente Martínez aulló… pero su grito se perdió en medio del estruendo. Cuando el Manchón cubrió por completo la cúpula acristalada de la linterna y el zumbido colectivo aumentó de tono e intensidad, hasta volverse un agudo, ensordecedor e histérico chillido.
Elena esperó la explosión de energía, el colapso final del leviatán.
No ocurrió nada.
El Manchón simplemente se quedó allí, cubriendo la torre, como una montaña pulsante de carne y metal. La antena continuó su transmisión; se podía ver el parpadeo del casco de Ibarra desde donde estaba…
Pero el monstruo no moría.
Habían fracasado.
—¡Coño! ¡Yuri, tu plan fue una mierda! — gritó al aire, sin esperar ninguna respuesta.
Entonces, sin aviso previo alguno… el faro comenzó a crujir. No con el estruendo de una implosión gloriosa, sino con el gemido agónico de una estructura demasiado vieja y a punto de colapsar. Una grieta zigzagueó por un lado de la torre y luego se abrió, como obscena y asimétrica boca.
Elena se arrastró hacia los arrecifes, pero uno de los tentáculos terminó por alcanzarla. Aunque no le atravesó la piel; la envolvió como en un capullo.
Comenzó a sentir cómo los nanobots degustaban el sabor de su epidermis a través de la ropa… aunque sin conseguir penetrarla. La vieja vacuna de la cruzada, defectuosa y nociva a largo plazo, aún funcionaba lo suficiente como para repelerlos.
El tentáculo al final cedió a la evidencia… y la soltó con un chasquido de asco.
Elena cayó entre las rocas. Algo dentro de su pierna izquierda se rompió. No en la prótesis, sino en su unión con su carne. El dolor la dejó sin aliento.
Desde el suelo, vio cómo la torre terminaba por ceder.
No colapsó de golpe, sino que se inclinó casi con dignidad, hasta derrumbarse lenta sobre el océano. El Manchón se retiró a tiempo de los escombros que caían.
—¡No, no, no!—Elena comenzó a golpear el suelo con los puños. Todo el dispositivo junto con el casco de Ibarra, había quedado irremediablemente destruido; sepultado bajo toneladas de piedra y metal, en el fondo de la bahía.
El comunicador portátil en su cinturón, que su amigo de la plataforma petrolífera Marrero le había indicado paso a paso cómo construir, comenzó a crepitar.
La voz de Yuri llegó fragmentada entre la estática.
—¿...na?¿Qué pasó? ¿Funcionó?
—¡No funcionó una mierda!— gritó ella, aunque no estaba segura de si él podía oírla—¡El Manchón sigue vivo y el faro se derrumbó!
—¿Qué? No, no puede ser; mi programación era correcta… yo. —La voz de Yuri se quebró.
Elena miró hacia los restos del faro. El Manchón siempre insaciable, estaba asimilando con lentitud todo aquel metal a su masa. Y en ese momento notó algo peculiar. En la superficie del leviatán, además de las caras y partes de animales deformadas junto a trozos de vigas que lo caracterizaban… habían empezado a asomar estructuras más organizadas, hechas de hueso, músculo y metal.
—Yuri, creo que lo empeoramos.
—¿Qué estás diciendo?
—Quizás acabamos de volverlo… mucho más listo.
Elena mantuvo su vista fija en el Manchón. Y por primera vez en décadas, volvió a sentir miedo.
La masa ya no parecía una amorfa abominación sin mente. Los miles de ojos que la cubrían, de humanos, de peces, y otros animales desconocidos… le devolvieron la mirada, al unísono.
—¿Elena? —la voz de Yuri sonó muy lejana—.¿Sigues ahí?
Ella no pudo responder. Porque, desde la carne de Leviatán, emergieron dos siluetas que comenzaron a caminar sobre su superficie como si fuese la tierra firme.
La silueta deforme de una mujer alta con rostro familiar y, junto a ella y aferrada a su mano, una eterna niña de cinco años con trazas de metal en su pequeño rostro y unas perfectas trenzas… hechas de cables y algas.
Elena comprendió, con infinito horror, que se trataba de Sonia y Gabriela… o una burda versión que las imitaba.
Las figuras caminaron en su dirección. Descendieron de la masa del Manchón para atravesar las aguas poco profundas entre los arrecifes costeros, hasta tierra firme.
Elena se esforzó con desesperación por levantarse, pero su pierna no respondía. Al final, cayó nuevamente de rodillas.
—¡No se me acerquen! ¡Ustedes están muertas!
La silueta de Sonia abrió la boca y cuando habló, su voz sonó muy similar a la original, cálida e irónica… pero con un innegable eco metálico en su interior.
—Hola, amor. ¿Nos extrañaste?
Elena negó con la cabeza, pero las lágrimas surcaban sus mejillas, incontenibles.
—Tú no eres ella. Yo la maté. Las asesiné, a las dos.
—Cierto — dijo la cosa con la cara de Sonia—Y fue la decisión correcta. Nos salvaste del sufrimiento. No teníamos a donde huir. Pero gracias a ti, ahora somos libres y hemos encontrado un hogar. Aun así… aprovecho esta ocasión para visitarte.
—Estamos todas— soltó la niña, con una amplia sonrisa llena de dientes metálicos y afilados.— Todas las mamás y papás con sus familias, estamos todos juntos. Es hermoso, mamá, y ya no duele más. Solo faltas tú aquí, mamá.
Los nervios hicieron que Elena se llevara sus manos a la boca.
Sonia se arrodilló frente a ella. Su rostro estaba casi intacto, salvo por las venas de un verde metálico que brillaban bajo su pálida piel.
—Hemos recuperado nuestra conciencia, a pesar de nuestra unión. Pero con eso… también hemos recuperado nuestro odio.
El Manchón comenzó a moverse de nuevo.
—¿Qué vas a hacerme?— susurró Elena, atemorizada, hasta que Gabriela tomó su mano. Su tacto era frío… pero suave.
—Nada; vamos a entrar a la ciudad. Encontraremos el Comité Central; los búnkeres. Los que queden no podrán escapar. Los asimilaremos a todos, como una gran familia del tamaño de una nación.
—Bueno, por eso no me pienso quejar. —soltó Elena, con una sonrisa irónica, mientras miraba a la niña—. Esos desgraciados son los culpables de todo esto. ¿Y si encuentran de casualidad a refugiados, víctimas como nosotros?
—Si los encontramos, se unirán a nosotros.—dijo Sonia, con una mueca parecida a una sonrisa.—Nuestra familia debe crecer. Para que ni la Muralla de Faraday pueda ya detenerla. Entonces expandirá su amor por todo el mundo.
Elena sintió que el suelo se abría bajo ella.
—Lo que hiciste nos despertó, Elena. Nos dio un propósito: compartir nuestro amor y odio.
—¿Odio contra quién?
—Contra todos — respondió Gabriela, con voz infantil y terrible. Contra todos que pudieron haber ayudado… pero nos abandonaron.
Elena negó con la cabeza.
—Eso es imposición; lo mismo que hizo la dictadura en nuestro país. No está bien.
Sonia la interrumpió y le acarició su mejilla con sus dedos fríos.
—Lo estará. Porque todos seremos felices cuando estemos juntos. Porque nuestro amor es perfecto.
—Sí, pero nuestros líderes se mantienen flotando en el espacio… por desgracia, muy lejos de ese amor.
La niña señaló al cielo, sonriendo.
—No estés tan segura, mamá. Mira arriba.
El punto brillante de Victoria Eterna, una constante imperturbable durante años en el cielo nocturno caribeño… comenzó a parpadear de manera errática. No fue una explosión, sino más bien como el titilar de un dispositivo alimentado por una moribunda batería.
—¿Qué le está pasando? — preguntó Elena, fascinada.
—Aunque no pudimos destruirlos. Darnos acceso a una silla desbloqueada nos permitió acceder a ellos y cortar sus comunicaciones para siempre.—explicó Sonia, con una sonrisa triste. —Nuestros amados líderes ahora están atrapados en su paraíso digital. Son prisioneros, aislados para siempre en su satélite… que pronto será basura espacial. En unos meses, se quemarán en la atmósfera de la misma Tierra que arruinaron, sin nunca volver a pisarla.
Elena pensó que aquel castigo era mil veces peor que la muerte.
Tan cerca… y tan lejos, a la vez.
—Por eso, en agradecimiento por tu ayuda, te ofrecemos la opción de unirte o no a la familia. Aunque al final no haya escapatoria. Tarde o temprano seremos toda la humanidad. Toda la Tierra.
Dubitativa, Elena observó a las dos criaturas biomecánicas que simulaban ser su familia fallecida. Y por un momento, solo por un momento… casi dijo que sí.
Sería tan fácil, dejar de luchar. Recibir el abrazo del Manchón y estar de nuevo esta vez para siempre con su Sonia y su pequeña Gabriela.
O sendos sucedáneos indistinguibles ¡para el caso!
Entonces recordó la sonrisa de Yuri y su promesa. Imposible y estúpida, quizás… pero sincera.
No podía dejarlo solo, ahora.
—No puedo… no de momento.—dijo , con voz firme por primera vez en años. — Tengo alguien a quien proteger. Es mi obligación.
Sonia la miró, con una máscara de tristeza tendida sobre sus facciones infantiles.
—Siempre poniendo el deber por encima de la familia, teniente Martínez. Entonces morirás sola, lejos de nosotros.
— Quizás— Elena desenvainó su viejo machete. La hoja oxidada, mellada y casi inútil aún podía cortar.
—“Pero, antes… voy a intentar llegar hasta Yuri. A lo mejor hasta encontramos la forma de escapar juntos. Y si no puedo, ¡pues pal carajo todo! Al menos moriré intentándolo. Y en buena compañía” —pensó.
Sonia y Gabriela comenzaron girar para darle la espalda. Luego se detuvieron, como si cambiaran de idea.
—No queremos detenerte, no te vamos a forzar… pero tampoco a ayudarte. —dijeron ambas, con la misma voz —Igual, te seguimos amando y te extrañamos.
—Gracias, ¿saben? Y el corito les quedó muy bien, lo reconozco. Pero no necesito su ayuda… ni su amor; ustedes están muertas. Tengo que acabar de aceptarlo… y seguir adelante. —dijo Elena.
Y aquellas palabras le dolieron mucho en su interior. A la vez que la hacían sentir, ¿cómo era posible? extrañamente liberada.
—Adiós, amor —susurró Sonia—. —Ojalá hubieras elegido diferente.
Las dos figuras se dieron la vuelta y, ya sin mirar atrás, caminaron de regreso hacia el Manchón. Elena las vio alejarse, tomadas de la mano… hasta que llegaron a la masa pulsante y se disolvieron en ella.
Un silencio denso, roto solo por el crepitar de los escombros y los lejanos aullidos de la criatura, cayó sobre los arrecifes.
Entonces, la teniente Martínez usó su machete como bastón y se obligó a ponerse de pie. La pierna rota apenas respondía, pero por primera vez en años, no era el dolor quien mandaba en su vida.
Tras ella, el Manchón rugió con mil alaridos y comenzó a desplazarse hacia el corazón de la Habana muerta.
—Está bien, Yuri,—susurró para sí Elena, con el atisbo de una sonrisa.—Allá voy. Pero te juro que, si tu maldito pan de algas sabe a mierda ¡te arrojo al mar!
Agarró con fuerza el comunicador portátil. La voz de Yuri, débil pero esperanzada, surgió entre la estática.
—¿Elena? ¿qué pasó? ¿Estás bien?
—No, no lo estoy — respondió ella, y comenzó a cojear hacia los muelles semiderruidos, con la mirada puesta en el horizonte invisible más allá de la bahía. —Pero tengo una nueva misión. Mantenerte con vida, idiota. Voy por ti.
Y mientras la última torrera del Morro se alejaba, dejando atrás el faro derruido y la ciudad que había jurado proteger, una sola palabra, ignorada durante décadas, resonó en su mente con la fuerza de un trueno:
Libertad.
Pero ¿era realmente libre, ahora… o acaso solo la libertadora de su nación?
La ironía casi le arrancó una carcajada.
Ni hablar; más bien la última idiota con la libertad de poderse arrastrar, adolorida pero gloriosamente, un paso adelante… seguido de otro.
Y eso era bueno, muy bueno.
El mar, aunque nunca en calma, olía a óxido mezclado con sal.
A lágrimas y a hierro.
A fin y comienzo, como siempre.
12 de febrero de 202
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